Encrucijada en la Cuenca del Río Tijuana


Es un hecho que las adversidades obran como crisol para dar paso a una nueva visión. Así ocurre para los seres humanos en lo individual como en lo colectivo. “Una crisis es algo demasiado valioso para desperdiciarse”, fue la frase acuñada en 2004 por Paul Romer, economista de Stanford y ganador del Premio Nobel en 2017.



A mi manera de ver, ese principio se da también en la geografía en el caso del río Tijuana. En los últimos dos años, el problema recurrente de verter hacia el extranjero aguas contaminadas de la ciudad de Tijuana se ha agudizado. El problema no es nuevo, pero el desarrollo de la región y la creciente notoriedad de esta frontera lo ha convertido en una crisis ambiental y de orden diplomático que debe capitalizarse.

La cuenca del Río Tijuana es una de las tres cuencas contempladas en el Tratado sobre Distribución de Aguas Internacionales entre México y Estados Unidos de 1944. El tamaño de las otras dos cuencas, la del Río Colorado y el Río Bravo es mucho mayor, y por ende han acaparado la atención de los gobiernos federales. La cuenca del río Tijuana ocupa tan solo un pequeño espacio en la esquina noroeste del mapa de México, que representa menos del 1 por ciento de la cuenca del río Colorado. Más aún, la virtual ausencia de recursos hídricos propios ha dado pocos motivos para llamar la atención del gobierno federal mexicano. Hasta ahora.


En el Tratado de 1944, sólo el Artículo 16 se refiere a la cuenca del Río Tijuana, e identifica cuatro acciones que, a 75 años de su firma, aún no se han ejecutado. Pero las acciones indicadas en 1944 ya no son ni necesarias ni viables. El crecimiento poblacional y económico que vive esta frontera ha rebasado por mucho la llamada capacidad de carga del entorno natural. Los recursos hídricos se importan de fuera de la cuenca casi en un 100 por ciento, y su descarga se realiza casi en su totalidad hacia el mar. El lomerío que rodea al valle del río ha sido ocupado para fincar edificios, casas habitación, calles y comercios, desplazando comunidades vegetativas y ecosistemas completos para erosionar y desestabilizar los cañones y laderas y provocar deslaves y pérdida material y humana. El lecho del río Tijuana ha sido revestido en concreto casi totalmente, y hoy se comporta como un vulgar canal de desagüe, arrojando hacia el otro lado de la frontera agua contaminada, basura y sedimento.


El desarrollo de Tijuana se forjó sobre un modelo de crecimiento exógeno, de afuera hacia adentro. La vecindad fronteriza con California se encargaría de proveer las oportunidades económicas, y el gobierno federal dotaría desde afuera el agua y resolvería el drenaje. En la década de los 1970 se construyeron el acueducto Río Colorado Tijuana y la canalización y urbanización del Río Tijuana. Ambas obras fueron un parteaguas histórico para la ciudad, que le permitió crecer y atender necesidades, pero dejaron un legado de menosprecio hacia el medio ambiente que hoy aflora.


El listado real de problemas ambientales empieza por un sistema que depende de agua potable traída desde 150 km de distancia, y que tiene que librar una cordillera de más de 1050 metros de altura. Ello convierte al agua de Tijuana en la de mayor consumo energético por metro cúbico de todo el país, agravado por el hecho de que sólo el 4 por ciento del agua es reutilizada. Los recursos hídricos de los acuíferos locales fueron virtualmente sellados por la canalización del río, menospreciados por su limitado volumen, y por ello descuidados y contaminados.


La crisis diplomática que se ha desatado tiene su explicación en la crisis ambiental que se fue fraguando durante más de 40 años de negligencia al entorno natural. Y lo peor que le puede ocurrir a Tijuana ahora es que el gobierno federal busque resolver sólo el derrame internacional de aguas negras que le aqueja. Las crisis son demasiado valiosas para desperdiciarse, y Tijuana debe aprovechar la adversidad con la que ha crecido para crear un nuevo modelo de sustentabilidad en su manejo de agua. De una vez por todas.


Por: Dr. Carlos A. de la Parra
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